Pero las bibliotecas [...] y sus ingentes masas de letra impresa [...] conturban terriblemente mi espíritu, dándome una impresón tan clara como triste de la magnitud de lo que ignoro: ante aquellos depósitos de ciencia, mi flaca memoria desmaya, mi razón se desvanece, y tengo que alejarme, convencido de que allí donde otros encuentran manantial de luz, de vida, de verdad, yo he de encontrar tan sólo confusión y desaliento, quizás el error y la duda.
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